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Sevilla - Borussia Dortmund: Le queda una vida (2-3)

Un Sevilla moribundo tras la primera parte al ponerse con un 1-3 en el marcador y dejar malísimas sensaciones, recortó distancias al final con el gol de De Jong

De Jong celebra su gol REUTERS
Roberto Arrocha

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Lo escribió Monchi en su cuenta de Twitter nada más acabar el partido: «Nos dejaron con vida... No nos conocen». También Suso, en las cámaras de Movistar Liga de Campeones, apuntó fuerte. «Si hay un equipo que puede remontar... ese es el Sevilla». Los mensajes llegaron casi al unísono. También en el vestuario, en la llegada de los jugadores, los gritos generaban aliento. Nadie se rinde. Son las señas de identidad de un equipo que en su historia conoce la épica como nadie. Las leyendas se forjan en la lucha; en creer, como así será en dos semanas, que nada es imposible. Incluso, con Haaland delante. ¡Qué locura! En la retina quedan aún sus carreras en Nervión como una locomotora. Cuando se mueve, algo pasa. En la primera parte, y aunque el Sevilla se adelantó muy pronto, en el minuto siete, con un gol de Suso que tocó en Hummels, el Borussia Dortmund se exhibió. ¡Qué manera de jugar! Como gacelas en el centro del campo, ávidos por buscar el error del Sevilla, y como taladros percutores en el ataque, los alemanes se empleaban en el desenfreno.

Hasta los periodistas enviados de Alemania sucumbían a los elogios continuados. El ritmo del cuadro alemán se hizo imposible para los locales y lo peor se esperaba en un encuentro en el que en el minuto 43 ya reflejaba el 1-3. Dahoud, en el 19, respondió con un latigazo al inicial tanto de Suso, e invitó a sus colegas a la fiesta amarilla.

Hubo momentos en los que se repitieron escenas más propias de un centro escolar. O de cualquier cancha en la que un niño mayor se impone con aplastante superioridad a los más pequeños. Haaland enseñó las diferencias. El noruego, con 1,94 centímetros, 86 kilos de músculo y una cinta en el pelo, hizo menudos a los sevillistas. Hasta Diego Carlos, una explosión física de la naturaleza, quedaba reducido. Haaland hizo poesía con el balón. Sólo le faltó ponerse a cantar como su compatriota Frode Olsen para que la hinchada del Borussia Dortmund le pusiera una estatua en el Signal Iduna Park . El segundo y el tercer gol serían obra suya. En el 27, se coronó, y en el 43, en una pérdida de balon del Papu Gómez en el descanso, puso el silencio en el silencio de Nervión. Los gritos enternecedores del entrenador del cuadro teutón, Edin Terzic, debieron sonar a cientos de metros. El Borussia Dortmund, justo antes de que acabara la primera parte, hería de muerte al Sevilla.

Lopetegui lo cambió todo. Metió a Gudelj, sacó a Rakitic y retrasó algo a Fernando. Escribió Sun Tzu en su libro «El arte de la guerra» que «sólo cuando conoces cada detalle de la condición del terreno puedes maniobrar y luchar». Al Sevilla le tocaba moverse. Cambiar. Buscar soluciones. O morir. Optó por lo primero. Tras entrar el serbio al terreno de juego, catorce minutos después lo harían Óliver Torres, Munir y De Jong por Rakitic, Suso y En-Nesyri, respectivamente. Por los cambios, o no, pero lo cierto es que el Borussia Dortmund retrasó sus líneas. El Sevilla se aupó a lo que fuera. Y por donde fuera. Navas lo vio con más claridad. También Diego Carlos y Koundé, sufridores en la primera parte, se repusieron e hicieron intervenciones de muchísima calidad. La consigna no era otra que evitar los errores que le dieran espacio a los alemanes. Así fue. Poco a poco, y con la ayuda de Óscar Rodríguez, que sustituyó a Jordán, el Sevilla metió al conjunto de Dortmund en Gol Sur. El Sevilla necesitaba un golito, algo, que le metiera en el encuentro y en la eliminatoria. Los brillos se hicieron rojos, y Óscar Rodríguez, en una genial falta lanzada, le puso el balón franco a De Jong en el segundo palo para que redujera la ventaja alemana. Nunca un gol trajo tanto oxígeno. Lo que está por ver es si habrá proeza en dos semanas. Sigue vivo. Y eso, hoy por hoy, visto lo visto, es muchísimo...

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